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Tenían un buen pasar europeo, pero eligieron Argentina para jubilarse

Muriel Caron y Jean-François Danger tenían una posada en un campito francés. De todos los rincones del mundo llegaban hombres y mujeres para vivir una inolvidable experiencia en la zona de Borgoña, famosa por sus vinos, canales y grandes châteaux.

Para el matrimonio, la vida allí transcurría enriquecedora, bella, pero muy agotadora. Durante años viajaron a través de las historias de sus huéspedes, hasta que una mañana supieron que era tiempo de remodelar la casa, convertirla en un espacio más atractivo si deseaban seguir adelante con su querido, pero a veces arduo emprendimiento.

Con 50 y 57 años, un interrogante, de pronto, se presentó potente: podían invertir en la posada o, por qué no, hacerlo en ellos. “Decidimos invertir en nosotros”, rememoran sonrientes.

“La era de la posada había llegado a su fin y nos encontramos invadidos por unas enormes ganas de cambiar de vida”.

La pareja tenía un globo terráqueo al que siempre observaban con cariño. A veces, lo hacían girar hasta frenarlo con un dedo en un juego para buscar su destino, que siempre solía coincidir en el mismo punto: la Cordillera de los Andes.

Pronto estuvieron convencidos de que en Argentina se encontraba su nuevo hogar, no solo por lo que indicaba el globo, sino porque vivir cerca de los Andes era un sueño que ambos tenían desde pequeños: “¡Antes de conocernos!”, revelan con una gran sonrisa.

Despedirse de Francia y una decisión cuestionada: “Se debe prescindir de vínculos emocionales demasiado intensos y ser una pareja muy unida”.

Previo a su partida, el matrimonio francés investigó largas horas por internet. Buscaron imágenes, leyeron blogs, y conversaron con varias personas que habían atravesado experiencias similares, entre ellos, un matrimonio francés que hacía un año se había establecido en Entre Ríos e irradiaba felicidad: “Nos convencimos de que allí teníamos nuestro futuro”.

Vendieron absolutamente todo y llenaron dos valijas cada uno. Primero viajaron a la Argentina por quince días para recorrer un pueblo llamado Diamante, la tierra en la que sentían que podían erigir su nuevo comienzo.

“Queríamos asegurarnos de que aquel lugar en el mundo era nuestro `pago´. Finalmente, durante la estadía compramos una camioneta, una casita y un terreno para construir algo más grande más adelante”, cuentan complacidos.

A Francia retornaron por dos meses para despedirse de sus familiares y amigos. Fue así que, con dos pasajes de ida, se dirigieron al aeropuerto sin mirar atrás: “Despedida. Esa es una palabra que aprendimos y comprendimos más tarde en Argentina, ya que en francés no tiene traducción precisa”, aseguran. “Después de catorce años, todavía no regresamos a Francia”.

“Consideramos que, para asumir esta decisión, este cambio, no se debe tener familiares, amigos, o ningún vínculo emocional demasiado intenso, hay que ser desapegados, tal vez un tanto egoístas, y ser una pareja muy fuerte, muy unida. Algunos de nuestros `amigos´ se quedaron sin entender nuestra elección, tuvieron palabras duras y muy pocas amigables… Pero hemos cerrado los oídos y seguimos adelante”.

En el avión de Air France, al contar su historia, a Muriel y Jean-François les regalaron champagne, y la tripulación de a bordo brindó con ellos. Tras dieciocho horas de viaje, el matrimonio llegó a territorio argentino para quedarse allí definitivamente, sin saber hablar castellano.

Amanecieron en Buenos Aires el 25 de mayo de 2008. Un fuerte estruendo de un cañón los despertó con el corazón acelerado a las 8 de la mañana. ¡Desconocían los festejos patrios! Fue su primer gran susto, tras uno menor ocurrido en el aeropuerto, cuando Muriel extravió su equipaje.

“Ya en el aeropuerto nos dimos cuenta de la paciencia y amabilidad de los argentinos”, dice Jean-François.

“Teníamos que esperar tres horas a nuestros amigos franceses, a quiénes encontraríamos allí, cuando Muriel se dio cuenta de que su maleta no era la suya, ¡se había equivocado al retirarla de la cinta! Empezó una maratón en Ezeiza para hacerse entender y buscar el equipaje perdido. Muriel pasó varias veces delante la aduana en compañía de un empleado, y al final, ya la saludaban como una amiga que venía a visitarlos. Todo tuvo lindo final, la maleta la esperaba solita en medio de una sala vacía”.

Una fuerte tormenta los acompañó hasta Zárate, jamás habían vivido una semejante en Francia. Con ojos grandes, no podían apartar su mirada de los paisajes, el verde profundo del campo -que luego aprendieron que se trataba de soja-, la amplitud de las haciendas y los vastos territorios tan llanos, que parecían extenderse al punto de cubrir la mitad de Francia. “¡Y las torres de hormigón que decoraban los costados de la ruta!”, continúa Muriel.

“Lo poco que habíamos visto de Buenos Aires Capital era muy parecido a cualquier otra gran ciudad. En la ruta fue distinto y todo cambió cuando llegamos a Diamante. ¡Otro mundo!”

A los tres días de la llegada sus amigos franceses tuvieron que viajar a Francia, estaban solos, desorientados y a punto de tener una experiencia verdaderamente argentina: a las dos semanas cortaron la ruta, se vaciaron los negocios y el matrimonio no lograba comprender qué sucedía. Asustados, estaban casi listos para volver a Francia.

Su idea siempre había sido aproximarse a la Cordillera de los Andes, aunque no vivir demasiado cerca de ella. El matrimonio francés, amante de los caballos y la naturaleza, disfrutaba la idea de una vida de campo apacible, como aquella que parecía haber en su nuevo destino; desde allí, podrían emprender viajes constantes hacia las montañas y otros puntos de la Argentina.

Tras los primeros impactos temerosos, la pareja encontró la calma para mirar a su alrededor y reconocer su nuevo territorio. Allí, en Diamante, donde corre el Paraná, una mañana se toparon con la orilla del río y se enamoraron profundamente de aquella vista.

Se dejaron conquistar por la amplitud, la belleza de la naturaleza salvaje, y sintieron un indescriptible sentido de libertad: parecía no haber límites ni fronteras. “Nos miramos y, sin mediar una palabra, supimos que habíamos sellado el pacto con nuestro nuevo hogar, ¡para siempre!”, se emocionan.

“A orillas del Paraná nos sentamos en un restaurante campestre de pescadores, donde se mezclaban los sonidos de la televisión con los de la radio, no entendíamos la mitad de las palabras, pero estábamos fascinados”.

En los meses siguientes, el matrimonio se dedicó a pasear por el pueblo, conocer a su gente y maravillarse con sus costumbres. En las esquinas se sorprendían cada vez que se cruzaban con gauchos, quienes llevaban bombacha, boina, y portaban su cuchilla en el cinturón.

“Al año, un nuevo 25 de mayo, vimos desfilar en las calles más de cientos de caballos con los jinetes y sus paisanos”, recuerdan. “Todo era nuevo para nosotros, y todo en Argentina fue positivo, porque lo habíamos elegido”.

Una Argentina de emociones extremas y un denominador común Los años transcurrieron acompañados por los claroscuros, donde las oscuridades muchas veces se volvían inexplicables para el matrimonio francés.

El tiempo los ayudó a comprender varios aspectos políticos, históricos y culturales argentinos, aunque en muchas ocasiones la incomprensión absoluta cobraba protagonismo ante sucesos que impactaban en su corazón.

“Pero hay que saber que venimos a la Argentina para disfrutar de la vida sin tener que trabajar, jubilados felices”, aclaran.

“Así que hemos viajado mucho por el país, vimos un montón de paisajes distintos, hemos encontrado a cientos de personas de norte a sur”, continúan, con una pronunciación que fusiona la tonada francesa con la entrerriana.

“Argentina conmueve. ¡Cuántas veces hemos llorado de emoción al ver un paisaje desconocido que parecía nunca haber sido pisado por un ser humano, sin nadie viviendo a cientos de kilómetros! Nos conmovimos al hablar con gente, conocer su historia, al llevar en brazos a un recién nacido, al compartir con chicos una clase de francés en un colegio en La Rioja, o en la escuela de Susques, Jujuy. Las emociones extremas al cargar combustible en un bidón, en el fondo de un galpón en un pueblo perdido de La Pampa, después de circular durante horas sin ver ni una casa, ni una estación de servicio, nada…”

“Las historias vividas son miles, pero tienen un denominador común: la amabilidad de la gente; la voluntad de compartir, de ayudar”, agrega Jean-François, a quien sus vecinos en Diamante llaman Juan.

“Hasta en nuestro entorno, a 4 kilómetros de nuestra casa, un matrimonio campesino con una hijita que conocemos desde el inicio, estuvieron siempre presentes, integrándonos a la familia, compartiendo asados bien criollos, yerba, viajes en lancha sobre el río, otros en bote de vacas. Casi desde el primer encuentro la hijita nos eligió como sus abuelos de corazón, y después como madrina a Muriel. Y ahora tiene 16 años ¡y nos sigue llamando abu!”.

Catorce años transcurrieron desde que Muriel y Jean-François dejaron Francia para no volver a mirar atrás. En el camino, aprendieron acerca de territorios amplios, libertades inéditas, gestos nunca vividos en Francia; a vivir entre altos y bajos, en un país fragmentado, pero que hoy, a sus 64 y 71 años, todavía eligen y aman.

“Fue mucho lo que nos enseñó Argentina. Primero el idioma, por supuesto. Empezó a incorporarse con las compras, los papeles administrativos. También cuando comenzamos a edificar una casa, una experiencia nueva para nosotros. Hubo que elegir entre ladrillo común, ladrillo visto y tanto más; las señas y dibujitos nos ayudaron”, sonríen.

“Recuerdo un sábado a la tarde en el Walmart de Paraná, queríamos pagar con nuestra tarjeta francesa y quedamos varados en la caja con cuatro carritos llenos, ya que la tarjeta no pasaba. ¡Más de una hora de espera!, llamadas al banco para pedir autorizaciones, hasta que al final se logró el pago. ¡La gente tras nosotros, esperando también, nos aplaudió…! En Francia sería puro enojo, ya nos habrían matado mucho antes de llegar a la hora”, agrega Jean-François, entre risas.

“Estamos seguros de que podríamos haber vivido en cualquier país del mundo, pero acá, en Argentina, realmente fue fácil adaptarse. ¡Una vez incorporado el mate, claro! Elegir la yerba es todo un evento, fue fundamental probar todas las marcas del super hasta encontrar la propia y entender que no hay que hervir el agua, así como aceptar chupar de la misma bombilla. ¡En este momento obtuvimos la ciudadanía! ¡argentinos! En ese instante la nación se acercó muchísimo y entró definitivamente en nuestro corazón”.

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